Por qué su trayectoria explica la forma en que Ágora elige quién se sienta a la mesa.
Albert empezó a trabajar a los trece años en los campos de fruta de Lleida. Muy pronto dejó de limitarse a ejecutar tareas. Le confiaron parcelas enteras para que las gestionara como propias. Años después lo resumiría de una manera sencilla: «Sin ser míos, los gestionaba como si lo fueran.»
Durante ocho años guardó prácticamente todo lo que ganó. Venía de una familia trabajadora, sin tradición empresarial. Un mes después de cumplir veintiún años utilizó esos ahorros para comprar una pequeña empresa de transportes con tres camiones.
La decisión también tenía una razón personal. Su padre trabajaba como mecánico de camiones y Albert quería construir algo en lo que, algún día, pudieran trabajar juntos. Y así fue.
Durante tres años había trabajado con el mismo cliente sin un solo retraso. Decidió prescindir del seguro de crédito, que suponía un coste importante sobre la facturación, y destinar ese capital a comprar naves para la empresa.
Tres meses después, el cliente devolvió todos los pagarés. El banco ejecutó las posiciones y, en cuestión de meses, la empresa que había construido durante años dejó de ser viable.
Albert no culpa al cliente ni al banco cuando habla de aquella etapa. Lo resume así: «No fui suficientemente valiente para decir en ese momento: cerramos ya, mañana no abrimos.» Intentó sostener la compañía durante dos años más recurriendo a financiación antes de asumir el cierre.
Después llegaron los años de devolver lo pendiente, hasta el último euro. Y una regla que no ha vuelto a olvidar: una retirada a tiempo también puede ser una gran victoria.
Aquellos tres camiones terminaron convirtiéndose en una flota de 42 tráileres. Durante cinco años compaginó su propia empresa con un trabajo por cuenta ajena dentro del mismo sector. De lunes a viernes aprendía el oficio. Los fines de semana los pasaba junto a su padre manteniendo los camiones de su propia compañía.
Aprender. Trabajar. Reinvertir. Volver a empezar.
Ahí empezó una forma de entender la empresa que, años después, acabaría formando parte de Ágora.
La empresa que hoy sostiene el grupo no nació de un plan de negocio. Nació de una conversación en casa. Su pareja trabajaba en una residencia de mayores. Después de jornadas de diez o doce horas, le pedían quedarse más tiempo para acompañar a residentes que necesitaban salir a pasear y para los que no había suficiente personal.
Albert respondió: «Diles que sí. Pero vamos a montar una empresa para hacerlo.»
Empezaron los dos. Con su propio coche. Haciendo personalmente los primeros servicios.
Hoy, JUSAD Assistència es la empresa central de un grupo formado por dieciocho sociedades y más de 1.500 personas.
Podría haber tomado inversión externa. No lo hice. Si respondes ante un fondo, ya no respondes ante las familias. Albert Colías, sobre JUSAD
En una mesa, no en un escenario
Durante casi dos décadas construyó sus empresas sin socios. No necesariamente por desconfianza. Era simplemente la forma de hacer empresa que había aprendido.
Cuarenta y dos camiones. Una quiebra. Años pagando deuda. Y después, una nueva compañía construida desde cero. Siempre tomando las decisiones prácticamente solo.
Hasta que se sentó alrededor de una mesa con personas que no necesitaban venderle nada ni esperaban nada de él. Los primeros días ni siquiera tenía claro qué hacía allí. Poco después salió de aquella experiencia con nuevos socios, después de dieciocho años sin haberlos tenido.
Aquello cambió su forma de entender la empresa. Durante años había estado poniendo su propio techo sin darse cuenta.
Porque tardó dieciocho años en encontrar una mesa así. Y cuando la encontró, no estaba en España.
Ágora nace de esa experiencia: de comprobar qué ocurre cuando empresarios e inversores pueden compartir una mesa sin intereses comerciales condicionando la conversación.
Por eso Ágora no cobra comisiones por las operaciones que nacen entre sus socios. La mesa debe responder ante quienes se sientan en ella. No ante la operación.
Ágora no nació para conocer a más gente. Nació porque, a partir de cierto punto, no necesitas más gente. Necesitas a la adecuada.